Hacía tiempo que no caminaba tanto. Noto mis piernas acartonadas, doloridas, pero me siento viva, feliz de poder ver el cielo azul, el campo infinito, las espigas que van mostrándose doradas al sol.
Anhelaba esta sensación, llevaba soñando con ella durante los últimos meses, los últimos años.
Saborear el aire libre, el viento azotándome la cara, el sol que me hace guiñar los ojos. Me siento feliz. ¿Cuánto durará esta felicidad?
De pronto, algo rompe la paz del momento. A lo lejos oigo voces, el ladrido de unos perros.
Decido seguir con mi paseo, como si no hubiera escuchado nada. Corto unas espigas, las más
doradas que encuentro. Camino hacia un girasol que, fruto de una antigua semilla, ha
conseguido brotar en medio del campo. Lo cortaré también y me lo llevaré.
Pero ahora puedo ver unas figuras que se acercan hacia mí. Los dueños de las voces y de los
ladridos que se oían a lo lejos.
¿Cómo me han encontrado tan pronto? Cuando salí a hurtadillas, me aseguré de que nadie me
viera. Nunca pensé que descubrirían tan pronto mi ausencia.
Se acercan, no hay escapatoria, pero ha merecido la pena. He sentido lo que es la libertad, el
aire puro, la paz.
Esta maravillosa experiencia ha sido muy breve. Pero siento que su recuerdo me acompañará y, con él, llenaré mis largos días de soledad en el psiquiátrico.
Mayte Porto
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